Planeta corazón

Planeta Corazón_KatYurchenko“Planeta Corazón”
(© Kat Yurchenko)

2014. Plumilla azul y roja sobre papel

Dibujo realizado para la columna “El Reverbero” publicada en el periódico La Estrella de Panamá el 6 de abril de 2014. El texto para la columna fue escrito a partir del dibujo, lo comparto a continuación:

Título: “Planeta Corazón
Autora: Kat Yurchenko

Provengo de un planeta sin nombre que retumbaba cada tantos eclipses como presagio de su infarto. No lo esperábamos, no estábamos preparados.
A pesar de que sus raíces parecían reventar de flujo interno y de que sus islas comenzaron a marchitarse, nosotros, sus habitantes, continuamos habitándolo.
Un simple paseo por sus túneles era mortal. Cualquier sonido podía desatar una corriente fétida que como bestia lo engullía todo a su paso, lo quemaba todo. Por ello adquirimos el hábito de sepultarnos en su tierra. A duras penas encontrábamos espacio entre sus raíces gordas, para acurrucarnos entre ellas, para abrazarnos a ellas en espera del desenlace tan conocido y tan predecible de nuestro amorfo hogar.

Hierve. Tú me preguntas algo. Yo te miro mal. Tú me clavas palabras-cuchillos. Yo te abofeteo con mi retirada. Te oigo pisar. Eclipse y retumba. Gritamos.

El planeta está muerto.
Se está descomponiendo con nosotros dentro.

No se puede vivir así, un día bien, el otro mal, conteniendo palabras, reclamos, suspiros, recuerdos, silencios, alaridos, pretendiendo esconderlos en cada esquina, bajo la cama, entre los libros o entre la ropa sucia por allá atrás.

Salí de mi sepultura y me fui a las cuevas, las raíces ya no me abrazaban. No me abrazaba mi planeta ya. Sus cuevas… esos largos y oscuros pasajes, laberintos, que poblaban su capa alta, ¿eran su cielo? No vi a mis compañeros, ni a mis hermanos, ni a mis padres. No sé si las raíces se los comieron. De pronto un temblor, un rumor, un eco, un reverbero bajo mis pies y sobre mi cabeza. Pero no hubo corriente fétida, no hubo ruido ni explosión.
El infarto de nuestro planeta fue como un largo suspiro, como un gemido que nacía desde el fondo de su cuerpo. Se hizo el eclipse, retumbó una vez más. El gemido, primero bajo, se tornó más agudo, más alto, mas claro, más final y más tieso… Se desgarraron cielo y suelo a mi alrededor y…

No. No existen los planetas infartados.

Hace casi dos años me fui de viaje y vi un corazón azul dibujado en un espejo, a la altura de mi pecho. Lo agarré y me lo escondí tras el diafragma, temiendo ser vista. Cuando volví de mi viaje, lo saqué, te lo mostré, lo pusimos en en una maceta y comenzamos a echarle agua. Le echamos lodo también y sucedió lo que siempre pasa cuando se descuidan las plantas.
Se fue pudriendo y se partió en dos el corazón azul.
Comenzamos a trepar los hilos de sangre azul que quedaron estirados entre sus mitades. ¿No era roja la sangre? ¿Qué sucedió con el rojo de la sangre? ¿A dónde se fue todo el rojo de la sangre que juntos le habíamos inyectado al corazón?

Corazón como planeta.
Venas como raíces.
Arterias como túneles.
Sangre azul como corriente fétida que devora todo lo rojo…
Es mejor el infarto.

Es mejor que las semillas rojas floten libres en el espacio.

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